Llueve en Madrid, el día en que comencé la cuenta regresiva del duelo que no supe llevar con dignidad, cuando el corazón agonizaba y mis ilusiones se apagaban despacio, directas, impiadosas...
Moralzarzal era un pueblo, por entonces para mí, un a promesa, un faro. En el diario no hablaban de tí ni de mí, pero en tu blog descubría a poco de leer que nuestra historia íntima dejaría de serlo, pues ahora era un relato: y ya sabes lo que pasa con los relatos: poco importa si sucedieron o no; más la semántica era impecable y la prosa única, como solo una hermosa rubia de ojos verdes como tú habría podido escribir.
La noche en que escuché aquella canción que honraba a la virgen después de haber comido esas raciones y las cervezas europeas, españolas, en Moralzarzal, sentí que los más de quince mil kilómetros recorridos desde mi ciudad comenzaba a tener sentido. La piel se abría en deseo más y más mundano, carnal, pero deseo al fin; aunque ignoraba lo que creo que después recordaría como una sensación eterna: que te conocía de toda la vida.
Moralzarzal y Madrid, por la ruta nacional A6 quedan unidas en treinta minutos con buena voluntad. Esa voluntad me recordaba que no se puede cometer un crimen si no se está dispuesto a pagar la condena. Tampoco se puede amar si no se está dispuesto a arriesgar, a sufrir, a desvelarse. Ahora Moralzarzal deja de ser un punto de la Provincia de Madrid. No es un pueblo de las decenas de pueblos que gustosamente un viajero de cualquier parte del mundo recorrería en visita casi imprescindible: pasa a ser la luz de la esperanza de mi aniquilado ser. El Aleph de los pueblos del universo. El punto donde converge mi ilusión y la tuya, junto con infinitas historias que se pliegan en una curva posible, pero que no tiene análisis real.
Y como si fuera poco lo dicho, como si se tratara de intentar cerrar lo que digo añadiendo lo colectivo de mis acciones y mi comportamiento inusual de estos días creo que he vuelto a dormir profundamente. La lluvia cesa y es un poco más mío el aire que respiro.
Miro la ventana y me digo a mi mismo: - estoy esperando el sol; pero esta vez estoy preparado para ver el sol.
José Luis Dranuta
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